20 octubre 2014

La militarización del racismo y violencia neoliberal por Henry A. Giroux (Truthdig)

The Militarization of Racism and Neoliberal Violence 
por Henry A. Giroux (Truthdig)
La militarización del racismo y violencia neoliberal 
«El reciente asesinato de un afroamericano desarmado de 18 años de edad, Michael Brown, en Ferguson, Missouri, por un oficial de policía blanco ha hecho visible el hecho de que una especie de metafísica militar racista domina actualmente la vida estadounidense. Su posterior demonización por los medios de comunicación no hace sino confirmar su penetración en la conciencia pública bajo la forma de un vicioso entretenimiento.  La policía ha sido convertida en soldados que contemplan los barrios en los que actúan como zonas de guerra. Equipados con completos equipos antidisturbios, ametralladoras, vehículos blindados, y otras armas letales importadas de los campos de batalla de Irak y Afganistán, su misión es adoptar un comportamiento siempre listo para la batalla. ¿Es de extrañar entonces que, en lugar del trabajo policial laborioso en los barrios y la colaboración con la comunidad y el compromiso, sea la violencia la que se convierta en la norma para hacer frente a presuntos "criminales", especialmente en momentos en que estos comportamientos están siendo cada vez más criminalizados?

Pero quiero introducir una advertencia. Creo que es un error centrarse simplemente en la militarización de la policía y sus acciones racistas al hablar de la muerte de Michael Brown. Lo que estamos presenciando en este brutal asesinato y la movilización de la violencia estatal es sintomático del estado neoliberal, racista, agente de castigo que está emergiendo en todo el mundo, con su usurpadora maquinaria de muerte social. La máquina de matar neoliberal está en marcha en todo el mundo. El espectáculo de la miseria neoliberal es demasiado grande como para negarlo sin más y el único modo de control que les queda a las sociedades controladas por las corporaciones es la violencia, pero una violencia que se ejerce contra los más desechables como los niños inmigrantes, los jóvenes que protestan, los desempleados, los trabajadores precarios y la juventud negra. Los estados neoliberales ya no pueden justificar y legitimar su ejercicio del poder despiadado recurriendo a los efectos del capitalismo de casino. Dado el hecho de que el poder corporativo circula sobre y más allá de las fronteras nacionales, la élite financiera puede prescindir de concesiones políticas con el fin de perseguir sus tóxicas agendas. Por otra parte, como sostiene Slavoj Zizek "el capitalismo mundial ya no puede sostener ni tolerar... la igualdad global. Eso es simplemente demasiado." Por otra parte, ante la enorme desigualdad, la pobreza creciente, el surgimiento del Estado como agente de castigo, y el ataque a todas las esferas públicas, el neoliberalismo ya no pueden entenderse como sinónimo de democracia. La élite capitalista, ya sean administradores de fondos de alto riesgo, los nuevos multimillonarios de Silicon Valley, o los jefes de los bancos y corporaciones, ya no están interesados en la ideología como su modo principal de legitimación. La fuerza es ahora el árbitro de su poder y de su capacidad de mantener el control sobre las instituciones dominantes de la sociedad estadounidense. Por último, creo que es justo decir que son demasiado arrogantes e indiferentes a cómo el público se siente.
El capitalismo neoliberal no tiene nada que ver con la democracia y esto se ha vuelto cada vez más evidente para la gente, especialmente para los jóvenes de todo el mundo. Como ha observado Zizek, "el vínculo entre democracia y capitalismo se ha roto." La importante cuestión de la justicia se ha subordinado a la violencia de la sinrazón, a una lógica del mercado que se divorcia a sí misma de los costes sociales, y una élite gobernante que sólo atiende a sus ganancias y que hará cualquier cosa para proteger sus intereses. Por esta razón creo que es completamente erróneo hablar de la militarización de las policías locales sin reconocer que la metáfora de la "zona de guerra" es apta para una política global en la que el Estado social y las esferas públicas han sido sustituidas por la maquinaria de las finanzas, la militarización de la sociedad entera y no sólo de la policía, y el uso generalizado del castigo que se extiende desde la prisión a las escuelas y a las calles. Algunos tienen razón, cuando argumentan que estas tácticas se han estado usando en la comunidad negra durante mucho tiempo y no son nuevas. La violencia policial ha estado presente desde hace tiempo, pero lo que es nuevo es la intensidad de la violencia y el nivel de las máquinas militares asesinas que están siendo empleadas es mucho más sofisticado y mortífero. Por ejemplo, como Kevin Zeese y Margaret Flowers señalan, la militarización de la policía en los Estados Unidos es un fenómeno reciente que se remonta a 1971. Escriben: 
"La militarización de la policía es un fenómeno más reciente [y marcado por] el rápido aumento de las unidades paramilitares de la Policía (UPP, informalmente equipos SWAT) que siguen el modelo de los equipos de operaciones especiales de las fuerzas armadas. Las UPP no existían en ninguna parte hasta 1971 cuando en Los Ángeles bajo la dirección del infame jefe de policía Daryl Gates, se formó la primera y fue utilizada para la demolición de casas con tanques equipados con arietes. Para el año 2000, había 30.000 policías SWAT [y] a finales de 1990, el 89% de los departamentos de policía en ciudades de más de 50.000 habitantes tenía UPP, casi el doble que a mediados de los años 80; y las ciudades más pequeñas de entre 25.000 y 50.000 en el año 2007 habían cuadriplicado sus UPP alcanzando un 80% frente al 20% de los años 80. [Además,] los equipos SWAT estaban activos con 45.000 despliegues en 2007 frente a 3.000 en los años 80. El uso más común... era para ejecutar órdenes de búsqueda de drogas en lo que utilizaban el 80% del tiempo, pero también se utilizaban cada vez más para patrullar los barrios."
Al mismo tiempo, el impacto de la rápida militarización de las policías locales en las comunidades negras pobres es poco menos que aterrador y sintomático de la violencia que tiene lugar en los estados genocidas avanzadas. Por ejemplo, según un reciente informe titulado "Operación Tormenta del Ghetto", producido por el Movimiento de Base Malcolm X, "los agentes de policía, guardias de seguridad o autoproclamados vigilantes asesinaron extrajudicialmente al menos a 313 afroamericanos en 2012... Esto significa que una persona negra fue asesinada por un agente de seguridad cada 28 horas." El informe sugiere que "el número real podría ser mucho mayor."
La aparición del policía guerrero y el estado de vigilancia van de la mano y son indicativos no sólo del racismo sancionado por el estado, sino también de la aparición de una sociedad autoritaria y el desmantelamiento de las libertades civiles. Brutalidad mezclada con ataques a la libertad, a protestas pacíficas, algo que recuerda a los regímenes brutales del pasado, como las dictaduras en América Latina en los años 1970 y 1980. Los acontecimientos de Ferguson hablan de una historia de representación, tanto en Estados Unidos como en el extranjero, que los estadounidenses han decidido olvidar a su propio riesgo. A pesar de sus puntos de vista propios de la derecha política, Rand Paul tenía razón al afirmar que "Cuando unes esta militarización de la policía con una erosión de las libertades civiles y el debido proceso que permite a la policía convertirse en juez y parte -cartas de seguridad nacional, órdenes de registro sin notificación a los residentes, órdenes de registro sin límites, confiscaciones previas a la condena- empezamos a tener un problema muy serio en nuestras manos." Lo que no menciona es el problema, como Danielle LaSusa ha observado, de que no se trata de una sociedad que está al borde del autoritarismo sino que ya ha caído por el precipicio. En verdad, como señaló Hannah Arendt, vivimos en "tiempos oscuros". 
Bajo el régimen del neoliberalismo, el círculo de los que se consideran desechables y sujetos a la violencia estatal se está expandiendo. La pesada mano del Estado no sólo es racista; también es parte de un modo autoritario de gobierno dispuesto a ejercer la violencia sobre cualquiera que amenace el capitalismo neoliberal, el fundamentalismo cristiano blanco, y el poder del Estado-académico-de-vigilancia-militar-industrial. La aceptación por Estados Unidos de que armas asesinas sean usadas en el extranjero contra el enemigo ha dado un nuevo giro y ahora se utilizarán contra los que se consideran desechables en casa. Mientras la policía se militariza cada vez más, las armas de la muerte se vuelven más sofisticadas y el legado de matar civiles se convierte tanto en un elemento de la política exterior como de la política doméstica. En medio de la creciente intensidad del terrorismo de Estado, la violencia se convierte en el ADN de una sociedad que se niega a tratar los grandes problemas estructurales como la desigualdad masiva de la riqueza y el poder, un gobierno que ahora sin ruborizarse sirve a los intereses de las corporaciones ricas y poderosas, y que hace de la violencia el principio de la gobernanza. 
La respuesta mundial a lo que está sucediendo en Ferguson arroja una luz sobre la naturaleza racista y militarizada de la sociedad estadounidense, haciendo parecer su reclamación de la democracia hipócrita y políticamente insípida. Al mismo tiempo, este tipo de protestas hacen visible lo que el artista Francisco Goya llamó el sueño de la razón, un lapso del testimonio, de la atención, y una falta de conciencia que se encuentra en el corazón del actual intento neoliberal de despolitizar el público estadounidense. La vida política ha cobrado vida una vez más en los Estados Unidos, retornando de su exilio en las fantasías y en las obsesiones privatizadas de los consumidores. Ha llegado el momento de reconocer que Ferguson no es sólo acerca de la violencia y la consolidación del poder de los blancos y el racismo en una ciudad; también es un síntoma del poder blanco y el legado profundo del racismo en el país en su conjunto, que va unido a aquello en lo que Estados Unidos se ha convertido con la política de intensificación del fundamentalismo de mercado, el militarismo y facilidad de disposición.
Ferguson nos lleva a repensar el sentido de la política y a empezar a pensar no acerca de la reforma, sino de una reestructuración importante de nuestros valores, instituciones y nociones sobre a qué debería parecerse una democracia real. Tenemos que vivir en un país en el que la violencia más que entretenernos nos alarme. Es hora de que el pueblo estadounidense se una en torno a nuestro destino compartido como partes interesadas en una democracia radical, en lugar de estar unidos en torno a nuestros miedos compartidos y al pegamento tóxico del terrorismo de Estado y la violencia cotidiana. Ferguson señala algunas verdades nefastas sobre nuestro pasado y presente. Pero la respuesta pública apunta en otra dirección más esperanzadora. Lo que Ferguson nos ha dicho es que la imaginación política y moral sigue viva, sedienta de justicia, y poco dispuesta a dejar que las nubes oscuras del autoritarismo apaguen las luces para siempre. Pero para que eso suceda hay que pasar de la indignación moral a las luchas colectivas, como parte de un esfuerzo más amplio para desmantelar la sociedad de la encarcelación en masa, el estado de vigilancia y el complejo militar-industrial-académico. ¿Cuántos niños, jóvenes negros, inmigrantes y otras personas más tienen que morir antes de que comience la lucha